La verdadera misión de quienes acompañan a un niño o niña con TDAH
¿Te resulta familiar este tipo de conversación con un niño o niña con TDAH?
- Cariño, ponte los zapatos. (Cinco minutos después sigue distraído mirando algo por la ventana).
- ¿Me estás escuchando? ¡Los za-pa-tos! (Dos minutos más tarde continúa sin haberse puesto los zapatos).
- ¡Siempre igual contigo! ¡Eres incapaz de hacer caso! ¿Cuántas veces te lo tengo que decir? Me haces enfadar a propósito. Es que no te da la gana.
La mayoría de estas frases no se dicen para hacer daño. Al contrario, suelen nacer del cansancio y del deseo de provocar un cambio. Buscan que el niño reaccione, que sea más autónomo y que aprenda habilidades que algún día le permitan desenvolverse como un adulto competente.
Y, a veces, incluso funcionan: el niño se levanta, se pone los zapatos, termina la tarea, recoge la habitación o sale de casa. Pero a menudo no somos conscientes de que esas pequeñas victorias inmediatas pueden tener un coste a largo plazo.
El verdadero problema no es lo que ocurre en ese instante, sino la huella que esas palabras van dejando cuando se repiten día tras día. Porque mientras intentamos cambiar una conducta, estamos cultivando algo mucho más importante: la forma en que ese niño aprende a verse a sí mismo.
¿Por qué saber lo que hay que hacer no siempre es suficiente?
Como ha señalado el neuropsicólogo Russell A. Barkley, el TDAH no es solo un problema de atención, sino de autorregulación: saber qué hacer no siempre garantiza poder hacerlo en el momento adecuado, para ello necesitamos poner en marcha las funciones ejecutivas.
En el TDAH las redes cerebrales implicadas son deficitarias. Por eso, lo que para otros puede ser simplemente una tarea tediosa, para un niño con TDAH puede sentirse como una auténtica maratón.
Un niño con TDAH debe enfrentarse cada día a tareas que exigen poner en marcha funciones ejecutivas que para él requieren mucho más esfuerzo que para otras personas: iniciar actividades poco motivantes, abandonar algo placentero para hacer algo necesario, organizarse, planificar, inhibir su primer impulso, persistir ante la dificultad o actuar pensando en las consecuencias futuras y no solo en la recompensa inmediata.
Para compensar este sobreesfuerzo necesitará dos pilares fundamentales: persistencia y confianza en sus propias capacidades. Algo así como: “lo intentaré, aunque me cueste”.
Un niño o niña con TDAH debe enfrentarse cada día a tareas que exigen poner en marcha funciones ejecutivas que para él requieren mucho más esfuerzo que para otras personas: Fuente de la imagen: AdobeStock.
¿Por qué alguien va a persistir en algo si está convencido de que va a fracasar?
La investigación sobre motivación y autoconcepto ha demostrado que las creencias sobre la propia capacidad influyen directamente en la persistencia. Las personas perseveran más cuando creen que, aunque algo les cueste, pueden llegar a conseguirlo.
Si un niño escucha durante años que nunca termina nada, que siempre se equivoca, que es un desastre o que no se esfuerza, esos mensajes acaban formando parte de la imagen que construye de sí mismo. Con el tiempo dejan de ser comentarios de los demás para convertirse en convicciones propias:
“Siempre se me ha dado mal”.
“Yo no sirvo para esto” .
“Soy un desastre”.
Y cuando una persona está convencida de que no puede conseguir algo, lo más probable es que abandone ante la primera dificultad o que ni siquiera lo intente.
Cuando una persona está convencida de que no puede conseguir algo, lo más probable es que abandone ante la primera dificultad. Fuente de la imagen: AdobeStock.
Muchos adultos con TDAH describen precisamente esa experiencia: años de llegar tarde cuando querían ser puntuales, olvidar cosas importantes o incumplir compromisos que realmente deseaban cumplir. Errores que los demás interpretaron como falta de interés o de responsabilidad y que ellos acabaron incorporando a su identidad y autoconcepto.
Precisamente porque el TDAH acompañará a la persona durante toda su vida, uno de los aprendizajes más valiosos que podemos ofrecerle es enseñarle a relacionarse consigo misma con amabilidad. No para justificar los errores ni para resignarse, sino para poder reconocer las dificultades, buscar estrategias y seguir avanzando a pesar de ellas.
Porque no es lo mismo decirse: “soy un desastre. Siempre me olvido de todo” que decirse: “vaya, se me ha olvidado otra vez. Voy a pensar qué puedo hacer para que no vuelva a ocurrir".
¿Cómo aprenden los niños a aceptar con amabilidad el TDAH?
Los niños y niñas aprenden esta forma de hablarse observándonos. Aprenden cuando ven cómo reaccionamos ante sus errores, cuando les ayudamos a analizar qué ha ocurrido en lugar de etiquetarlos y cuando les mostramos la diferencia entre lo que hacen y lo que son.
La verdadera misión de padres, madres, docentes y profesionales de niños con TDAH no es únicamente conseguir que hagan hoy lo que les pedimos. La verdadera misión es ayudarles a construir una voz interior que les permita seguir avanzando cuando las dificultades aparezcan. Quizá esa sea, en realidad, la forma más eficaz de combatir las consecuencias del TDAH.
Porque el TDAH seguirá acompañándole durante muchos años, pero llegará un momento en que ya no estaremos ahí para recordarle qué hacer o corregirle. En cambio, seguirá escuchando la voz con la que aprendió a hablarse a sí mismo.
Para saber más sobre TDAH puedes leer el 14º Informe FAROS El aprendizaje y los trastornos del neurodesarrollo. Claves para evitar el fracaso escolar.
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Escrito por:
Marta Massagué Codina