La tecnología y la digitalización nos ofrecen oportunidades extraordinarias y nos facilitan muchas tareas del día a día. Pero también han introducido nuevos hábitos y formas de relacionarnos que a menudo hemos adoptado de manera automática o desde una visión bienintencionada, sin detenernos a pensar si realmente responden a nuestras verdaderas necesidades.
Por eso, cada vez más personas reivindicamos la importancia de encontrar un equilibrio entre el mundo digital y el mundo analógico. No se trata de rechazar la tecnología ni de romantizar una existencia sin ella, sino de recuperar espacios que nos permitan vivir con mayor presencia e intención.
Reconectar con el mundo tangible e intangible
Cuando reducimos los estímulos digitales, recuperamos la capacidad de observar, reflexionar y estar presentes. Volvemos a valorar las conversaciones cara a cara sin notificaciones, las experiencias compartidas sin pantallas de por medio y los momentos de calma que nos permiten escucharnos mejor a nosotros mismos, a los demás y al mundo en el que vivimos.
Este planteamiento nos invita, aunque solo sea en algunos momentos, a tomar perspectiva y, más que desconectar, se trata de reconectar con el mundo tangible e intangible: con nosotros mismos, con nuestra atención, con nuestros intereses, con las personas que nos rodean y con las actividades que nos aportan bienestar. Al mismo tiempo, también puede ser una forma de regulación saludable que nos ayuda a reservar y preservar espacios, energía y tiempo para la vida personal, las relaciones, el disfrute, el descanso, etc.
Se trata de reconectar con el mundo tangible e intangible: con nosotros mismos, con las personas que nos rodean y con las actividades que nos aportan bienestar. Fuente de la imagen: Magnific.
Pequeños retos analógicos
Escuchar un disco completo sin interrupciones.
Utilizar una cámara analógica, imprimir las fotografías y crear un álbum físico en papel.
Cocinar una receta sin consultar vídeos ni tutoriales durante el proceso.
Memorizar un número de teléfono o una dirección.
Escribir la lista de la compra en papel e ir a comprar sin aplicaciones.
Reservar un rato para leer en papel cada día.
Escribir a mano un diario personal o un cuaderno de reflexiones.
Practicar una actividad manual, como dibujo, pintura, cerámica, costura o bricolaje.
Organizar una actividad, para ti o con otras personas, sin dispositivos electrónicos.
Escribir una carta, una postal o una nota de agradecimiento a mano.
Pedir recomendaciones de libros, series o música a amistades, familiares, etc.
Recuperar los juegos de mesa, las cartas o los puzles compartidos.
Hacer excursiones o caminatas utilizando mapas o indicaciones tradicionales.
Esta información es de carácter divulgativo y no sustituye la tarea de los equipos profesionales de la salud. Si necesitas ayuda, ponte en contacto con tu profesional de referencia.
Debemos admitir que nuestros hijos cada vez pasan más tiempo delante de las pantallas y posiblemente no podamos protegerles del aluvión de imágenes y de informaciones sobre lo que está ocurriendo en Israel y Gaza.
¿Tus hijos se conectan a la red hasta la madrugada? ¿Les has pillado dormidos con un dispositivo? Puede que practiquen vamping, una nueva modalidad que implica que pasen despiertos gran parte de la noche pegados a la pantalla.
Durante el período de confinamiento que estamos viviendo se ha incrementado el uso de dispositivos electrónicos y, por tanto, la exposición a pantallas en niños y adolescentes.
¿Qué está pasando? ¿Por qué cada vez hay más jóvenes que se encierran en sus habitaciones y socializan de forma virtual a través de pantallas de móviles y ordenadores?
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Grabación del webinar sobre los efectos emocionales que ha tenido la crisis del coronavirus sobre el bienestar emocional y la salud mental de los menores.