La construcción de la identidad durante la adolescencia: ¿quién soy y quién quiero ser?
Una de las principales tareas durante la adolescencia, por no decir que casi la principal, es la construcción de la identidad propia. Una identidad que deberá ser coherente, única y más o menos estable a lo largo del tiempo.
Chicos y chicas tendrán que explorar, imaginar, reflexionar, probar y experimentar distintos aspectos de su personalidad, valores e intereses. A lo largo de este proceso, que implica un gran trabajo de autoconciencia o autoconocimiento, a la vez que de autoinvención y creación, descubren cómo son y cómo quieren llegar a ser.
¿Tienen relación la identidad y la personalidad?
Cuando hablamos de identidad debemos referirnos al concepto de personalidad. Este es un constructo psicológico que se ha definido de diversas maneras según la escuela psicológica y la época. De forma sintetizada podemos decir que la personalidad sería el conjunto de características o patrón de creencias o pensamientos, sentimientos, actitudes, hábitos y conductas de cada individuo, que persiste a lo largo del tiempo ante diferentes situaciones. Este patrón es propio de cada persona y otorga al individuo una unicidad o percepción de ser único, independiente y diferente del resto de personas.
Estos dos aspectos, diferenciación y persistencia o consistencia, tienen una gran relación con la construcción de la identidad, que se conforma con características llamadas rasgos o conjuntos de rasgos que, añadidos a otros aspectos del comportamiento, se integran en una unidad coherente que finalmente describe a la persona.
La identidad es propia de cada persona y otorga al individuo una unicidad o percepción de ser único, independiente y diferente del resto de personas. Fuente de la imagen: AdobeStock
La personalidad depende de aspectos temperamentales, con un componente biológico o constitucional, y de aspectos caracteriales, que son características aprendidas a través de la crianza, la educación, las relaciones sociales, las experiencias vitales, etc. Por lo tanto, en un sentido amplio, se desarrolla a lo largo de toda la vida, desde la primera infancia hasta la etapa adulta. No obstante, se considera la adolescencia una época especialmente relevante porque en ella se dan las condiciones para terminar de perfilarla, fijando el patrón más o menos estable de personalidad que conforma la identidad.
La personalidad es una variable relevante para el bienestar emocional de las personas. Si bien no es la única, dado que la salud de la que disfrutamos depende tanto de aspectos individuales (personales) como de variables sociales y contextuales. Se relaciona con la capacidad de las personas para afrontar los retos, cambios y desafíos, y las posibles adversidades vitales. Estas habilidades de afrontamiento son, en su mayoría, de tipo emocional.
El listado de factores o variables de personalidad que se han descrito en el área de la psicología y que se engloban dentro del constructo “personalidad” es tan amplio que sería imposible abordar todos estos aspectos en este texto. Aun así, mencionaremos algunas variables que son de especial importancia en el desarrollo durante la adolescencia.
La regulación emocional
Durante la adolescencia mejora la capacidad para gestionar y regular las emociones. Los adolescentes aprenden, de forma progresiva y a lo largo de toda la etapa, a identificar mejor sus estados emocionales, aceptar las emociones que sienten y regularlas mediante estrategias saludables para afrontar las emociones que les provocan malestar o les impiden conseguir sus objetivos.
La adquisición de esta habilidad es posible gracias al desarrollo de las áreas cerebrales involucradas en el control emocional (sistema límbico) y al efecto del ambiente, es decir, de la educación orientada a favorecer esta adquisición.
Algunos adolescentes presentan, durante las primeras fases de esta etapa, una elevada reactividad emocional y ciertas dificultades para controlar las emociones más intensas. Experimentan cambios de humor rápidos y, en ocasiones, parece que están provocados por estímulos que, a ojos de los observadores adultos, no son relevantes o no justifican una reacción tan intensa.
Con el desarrollo de los circuitos cerebrales y hormonales implicados en la regulación de las emociones y el acompañamiento de los adultos, el adolescente va desarrollando progresivamente estrategias cada vez más eficaces para aceptar y gestionar las emociones, tanto las consideradas “negativas”, como la tristeza o el miedo, como las “positivas”, como la alegría o la excitación. En realidad, todas son necesarias para el correcto desarrollo emocional.
Algunos adolescentes presentan una elevada reactividad emocional y ciertas dificultades para controlar las emociones más intensas. Fuente de la imagen: AdobeStock
Demora de la gratificación y control de la impulsividad
Durante la adolescencia, chicos y chicas van aprendiendo, también de forma progresiva, a posponer la satisfacción inmediata de sus necesidades. Aprenden a esperar los premios y recompensas (entendidas en sentido amplio, no solo material) y, progresivamente, aprenden a renunciar a una recompensa inmediata de poca importancia a cambio de una gratificación superior a medio o largo plazo.
Autoestima y autoconcepto
Al inicio de la etapa, el autoconcepto puede ser negativo en muchos aspectos. Los cambios físicos, el establecimiento de nuevas y distintas relaciones sociales fuera del ámbito familiar, la presión de los aprendizajes académicos, las expectativas que se generan, sus “yo” ideales imaginados y, en general, la mayor complejidad de su mundo externo e interno pueden hacer que el concepto que tienen de sí mismos sea negativo y que su autoestima se resienta.
Afortunadamente, en esta etapa el reconocimiento y aceptación social, sobre todo por parte de los iguales, y proponerse objetivos y expectativas coherentes con sus capacidades son factores que pueden proteger de la vulnerabilidad que supone una identidad en construcción, cambiante e inestable.
La imagen y los aspectos físicos
La imagen se considera un aspecto clave en esta etapa, ya que los cambios en la apariencia física son muy importantes e influyen en el autoconcepto y el bienestar psicosocial de los chicos y chicas. Se utiliza a menudo para comunicar a su entorno el tipo de identidad que están construyendo, los valores con los que se identifican, etc.
Con la imagen, entendida en sentido amplio, el adolescente proyecta el tipo de persona que es o quiere ser, el grupo o subgrupo cultural al que pertenece o quiere pertenecer, su filosofía vital, etc.
La imagen digital, es decir, la imagen que proyectan y comparten en las redes sociales, forma parte de esta proyección e interviene en la construcción de la identidad y en las relaciones sociales que construyen o quieren construir.
La satisfacción con la imagen puede ser un elemento clave en el autoconcepto y la autoestima del adolescente, que debe adaptarse, en ocasiones muy rápidamente, a cambios corporales muy significativos. Estos cambios físicos, además, se concretan en la adquisición de un cuerpo sexualmente maduro, que les obliga a entender, integrar y aprender a manejar los impulsos sexuales, a aprender a descubrir y ejercer una conducta sexual saludable, a establecer su propia identidad sexual y a desarrollar las habilidades para mantener relaciones sexoafectivas de forma saludable.

Los cambios en la apariencia física influyen en el autoconcepto y el bienestar psicosocial de chicos y chicas. Fuente de la imagen: AdobeStock
Construcción de un sistema de valores y desarrollo ético
Relacionado con la personalidad y la identidad, un aspecto relevante durante la adolescencia es la construcción del sistema de valores y principios éticos. Así, los adolescentes construyen una especie de “filosofía de vida”, formada por creencias alrededor del sentido de justicia, la responsabilidad y el cambio social, entre otros aspectos vinculados con factores sociales y culturales.
Esta construcción es posible gracias a los avances en el desarrollo cognitivo, que permite una comprensión más profunda y compleja de las cuestiones morales y éticas. Este sistema de valores posibilita que, de forma progresiva, a lo largo de la adolescencia, los chicos y chicas se conviertan en adultos comprometidos con las convenciones culturales establecidas, experimenten el sentimiento de pertenencia con su grupo social y hagan posible la toma de decisiones responsable, así como que integren esta adaptación con la necesaria voluntad de cambiar las normas y la cultura a la que pertenecen. Así, distintos autores han descrito el proceso de desarrollo de esta capacidad de juicio moral y ético en la mayoría de adolescentes (Kohlberg, 2014).
Vocación académica y profesional
Otra de las dimensiones que suelen considerarse en relación con la identidad es el desarrollo de la vocación académica y profesional. El adolescente empieza a explorar sus intereses y las vías a su alcance para hacerlos posibles.
El ajuste entre las aspiraciones y la percepción sobre sus recursos puede influir de manera significativa en el bienestar emocional de los adolescentes. Si perciben que sus capacidades y habilidades, así como el acceso a los recursos materiales y educativos necesarios, no son suficientes para alcanzar sus expectativas y objetivos, pueden sentirse abrumados o incapaces de comprometerse con un plan de acción coherente y realista.
Encontrarás este artículo en el 16 Informe FAROS: Navegando las adversidades. Claves para una infancia y adolescencia resilientes.
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Escrito por:
Anna Sintes Estévez