Fijarse únicamente en el peso o en el Índice de Masa Corporal (IMC) puede generar estigma, culpa y una mala vinculación con los equipos de salud. Por este motivo, es necesario trabajar desde una perspectiva no estigmatizante, en la que el lenguaje sea neutro y centrado en la persona, y los objetivos se basen en los hábitos y el bienestar, no en las cifras. Las personas que viven con obesidad a menudo han recibido mensajes de reproche. Por lo tanto, el punto de partida debe ser justo el contrario: el acompañamiento.
Querer sentirse más a gusto con el propio cuerpo es legítimo y muy común durante la adolescencia. Lo que marca la diferencia no es el deseo, sino el camino que se elige y la urgencia con la que se vive. Cuando el malestar se vuelve desbordante (el pensamiento de necesito cambiar ya) es cuando pueden surgir conductas de riesgo.
Tres cosas que no conviene mezclar
Para ayudar al adolescente a rebajar la presión y trabajar la conciencia sin caer en la culpa, es importante guiarlo para que diferencie los siguientes tres planos:
Identidad: Sé quién soy y hacia dónde quiero ir.
Salud: ¿Qué necesita mi cuerpo para estar fuerte y seguro?
Malestar: Necesito resultados ya o me siento desbordado/a.
La identidad y el cuidado de la salud pueden convivir perfectamente. Lo que hay que acompañar es cuando el malestar toma el control y empuja a decisiones rápidas y poco seguras.
Ayudar al adolescente a separar identidad, salud y malestar suele rebajar mucho la presión y es una manera de trabajar la consciencia sin caer en la culpa. Fuente de la imagen: AdobeStock.
Comer por hambre o por ganas
Ingerir alimentos es una conducta y, como toda conducta, está influida por las emociones. Es muy habitual comer por aburrimiento, ansiedad o tristeza: las emociones nos llevan con frecuencia a buscar alimentos sabrosos como recompensa inmediata.
Entenderlo no es para culpabilizar al adolescente, sino para poder acompañarlo. Cuando reconocemos qué hay detrás de una ingesta, podemos trabajar estrategias de regulación emocional más saludables: distraerse, planificar rutinas, generar actividades incompatibles con la comida u ofrecer nuestro apoyo.
La clave del cambio de hábitos: A-B-C
Toda conducta tiene un Antecedente (qué ocurre antes) y se mantiene por una Consecuencia (qué ocurre después). Comprender lo que sucede antes y después de un hábito es lo que nos permite modificarlo, en lugar de luchar únicamente contra la conducta.
Cuando reconocemos qué hay detrás de una ingesta, podemos trabajar estrategias de regulación emocional más saludables. Fuente de la imagen: AdobeStock.
El semáforo de seguridad
Una forma sencilla de hablar de ello en familia es utilizar la imagen de un semáforo. No se trata de renunciar al objetivo de sentirse mejor, sino de hacer que el camino sea más seguro. El semáforo ayuda a identificar qué conductas acompañan el proceso, cuáles conviene revisar y cuándo es necesario consultar con el profesional de la salud más adecuado.
Las esferas que hay que cuidar, más allá de la alimentación
Cuando queremos mejorar la salud de un adolescente, la alimentación es importante, pero no es el único aspecto que debe tenerse en cuenta. Para generar cambios sostenibles que puedan mantenerse en el tiempo, también es necesario trabajar otros hábitos que influyen en la salud:
La alimentación: hay que adoptar hábitos saludables que se adapten a los gustos, preferencias y posibilidades de cada familia.
La actividad física: encontrar formas de moverse que sean divertidas y agradables aumenta la autoestima y facilita las relaciones con los iguales.
El bienestar emocional: cómo nos sentimos y la manera en que gestionamos los problemas o conflictos condicionan todo el proceso.
El contexto cultural y socioeconómico: es importante adaptar las propuestas a la realidad de cada familia y ayudarlas a encontrar recursos.
Hay una premisa que nunca debemos olvidar: a veces no es que la persona no quiera hacer un cambio, es que en ese momento no puede. Por eso el acompañamiento profesional es tan importante: hay que trabajar con hojas en blanco y no con caminos predeterminados.
A veces no es que la persona no quiera hacer un cambio, es que en ese momento no puede.Fuente de la imagen: AdobeStock
¿Cómo acompañar desde casa?
Hablar de salud y bienestar, no de peso ni de cifras.
Evitar comentarios sobre el cuerpo, propio o ajeno, y las comparaciones.
Fijarse en los pequeños pasos y celebrarlos, más que buscar grandes resultados rápidos.
Mantener hábitos familiares estables y compartidos: comidas regulares, sueño suficiente y actividad física agradable.
Acompañar el uso de las redes sociales y hablar sobre cómo influyen en la forma de verse a uno mismo.
Apoyarse en los equipos de salud siempre que surja una duda o aparezca alguna señal de la zona roja.
¿Cuándo consultar con el equipo de salud de referencia?
Si detectáis conductas de la zona roja, un malestar persistente, aislamiento o cambios importantes en la alimentación o en el estado de ánimo, comentadlo con vuestro equipo de salud de referencia. Pedir ayuda a tiempo no es exagerar: es cuidar.
El objetivo final no es una cifra en la báscula, sino mejorar los hábitos, el bienestar y la calidad de vida, y construir una relación más amable con el propio cuerpo.
Aquesta informació és de caràcter divulgatiu i no substitueix la tasca dels equips professionals de la salut. Si necessites ajuda, posa't en contacte amb el teu professional de referència.
Los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) constituyen un grupo de desórdenes mentales que se caracterizan por una conducta alterada frente a la ingesta alimentaria y pensamientos erróneos en relación a la dieta, el peso y figura corporal. Es importante conocer los TCA para poder prevenirlos a tiempo.
Es importante conocer los factores de riesgo y las señales de alerta para poder detectar a tiempo posibles casos. Sin embargo, es aún más importante conocer de qué manera podemos prevenir la aparición de estas conductas no deseadas.
La primera vez que nuestro hijo o hija se queja de que está gordo, es posible que nos sorprenda, pero lo cierto es que se trata de una situación cada vez más habitual para muchos padres y madres, que ven como sus hijos se preocupan por el volumen de su cuerpo.